Carcassonne: la simpleza de las losetas

Carcassonne: la simpleza de las losetas

La mecánica de Carcassonne es sencilla: unir losetas de manera coherente y con ellas ir formando caminos, ciudades, monasterios y granjas. La propiedad de esos caminos, ciudades, monasterios y granjas estará determinada por la cantidad de seguidores que tengan los jugadores: quien tenga más será el propietario y obtendrá los puntos que estas den al final del juego.

Hasta ahí todo luce sencillo, pero sobre todo hermoso; poco a poco las losetas unidas van desplegando un mapa que parece trazado a mano, con el detalle de cada casita, los recovecos intrincados de las ciudades, los rápidos dibujados de los ríos y las posadas echando humo en medio de los caminos. Casi podemos sentirnos en Carcasona, la ciudad francesa en la que el juego está inspirado, un hermoso burgo medieval en el que alguna vez caballeros se enfrentaron, sacerdotes de dudosa reputación confabularon contra reyes, y princesas miraron la luna por la ventana, cada noche, a la espera de que alguien o algo viniera en su auxilio.

Y con certeza lo anterior es lo más interesante del juego: ¡todos esos personajes van apareciendo! Aunque la mecánica de Carcassonne sea sencilla, pronto se vuelve adictiva, y esa adicción va en aumento con cada expansión: desde un dragón que puede ir expulsando tus seguidores de las ciudades y los caminos restándote puntos, hasta un hada madrina que te permite mover fichas fuera de las normas, o bien un constructor que repite de turno o catedrales que aumentan tu puntaje en cada ciudad o aeroplanos sobre los cuales sobrevolar el mapa.

En su sencilla calidez, Carcassonne ofrece al jugador multitud de variables, las cuales pueden ser añadidas y quitadas, dependiendo del nivel de dificultad que se busque, convirtiéndolo en uno de los juegos más versátiles del mercado. Es cierto que no tiene el alma trepidante de Catán, pero es un juego tanto más familiar, y que se puede compartir con una buena conversación, en cualquier momento, siempre y cuando haya una mesa disponible, o para los más atrevidos, un gran mesón con hidromiel y pierna de cordero.   

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